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Matías Correa


23 años

E-mail: matiascorrea@msn.com

A LA JUGUERA

Nunca me he tomado una malta con huevo, y sinceramente dudo que alguna vez lo intente. Me gusta la cerveza, el huevo y el azúcar, pero no todo mezclado así nomás. Hay películas con las que me pasa lo mismo.

Un buen ejemplo de ello es Armagedón, el paradigma de la película que lo tiene todo para ser basura de calidad y que termina siendo como el hoyo. Desglosando esa porquería tenemos una buena lista de ingredientes: la exquisita Liv Tyler, el duro de Bruce “JohnMcLane” Willis, el maestro Steve Buscemi, un guatón gracioso, un meteorito que va a hacer pedazos el planeta, un astronauta ruso esquizofrénico (el mismo que hace de mafioso hardcore en Prison Break).

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Sin embargo resulta que la película es el peor bodrio del mundo. ¿Por qué? Porque una buena película pop no es sólo una mazamorra de ingredientes taquilleros (actrices ricas, tipos duros, actores chistosos, cataclismo apocalíptico, etc..): Siempre hace falta en la receta, algo que no se ve en la pantalla pero que se entiende al salir del cine.

Es como el ingrediente secreto de la Coca-Cola. Sin eso una película pop no es más que chatarra desechable. En cambio, cuando ese ingrediente está presente, la chatarra se transforma en cachureo, en basura que vale la pena guardar y ver más de una vez.

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Eso es lo que diferencia la primera saga de Star Wars de la segunda: Cuando escuchamos la declaración de paternidad de Darth Vader y vemos caer a Skywalker al vacío porque no quiere convertirse en un tipo como su viejo, descubrimos que los efectos especiales no son la única razón por la que estamos pegados a la pantalla.

En cambio, después que sabemos cómo Anakin se convierte en Darth Vader uno se siente estafado, porque está claro que lo que acabas de ver no es más que el capítulo final de una gran campaña de merchandising.

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¿Y qué tiene que ver esto con Malta Con Huevo? Que la película se trata de algo más que de una comedia con “viajes en el tiempo”. No sólo tiene algunos básicos ingredientes pop (un misterio por resolver, un villano, un galancete sucio, memorables personajes secundarios, un par de pechugas para el público púber, una mina rica y otra rarita), sino que además tiene uno más personal: una clara metáfora sobre la venganza de los freaks.

Lo que Malta Con Huevo sugiere sin decirlo es que tarde o temprano, uno termina por darse cuenta de que la vida después del colegio es la prolongación de una sala de clases. Es cierto que las cosas se vuelven más complejas cuando dejas de ser escolar, pero eso no quita que aunque ya no estés obligado a andar en uniforme, el mundo sigua dividiéndose entre ganadores y perdedores.

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Cuando vas creciendo, lo que decide de qué equipo formas parte puede pasar por ejemplo, de qué tan bueno eres para chutear una pelota a las minas que has conquistado y de ahí, a lo que pesa tu cuenta corriente. Aunque con el tiempo las medidas vayan cambiando, el criterio que te diferencia del resto suele ser sólo uno: el éxito.

En Malta Con Huevo Vladimir es un ex-winner sin futuro y Jorge, un looser con ambición de redimirse. A uno le sobran las minas, el otro pololea con una que juega a darle chirlitos en las pelotas. Uno es un artista sin ni uno, el otro tiene pega pero no sabe en qué gastar la plata.

Obviamente cuando se encuentran, Vladimir intenta aprovecharse de Jorge, como si de nuevo estuvieran en época de cotonas. Jorge, en cambio, quiere tomar la oportunidad y convertirse en ganador.

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Ahí está una vez más la lógica de las relaciones de poder; esa que primero descubres en el colegio y que después te la topas por el resto de tu vida en la universidad, en el trabajo o donde sea. Y aunque durante toda la película Jorge se crea más brillante, calculador y despierto que Vladimir, finalmente el perno descubre que sin importar lo que uno haga, la gente no cambia. Porque ser winner o looser es algo que casi viene inscrito en el código genético.

Eso no significa que la revancha sea imposible. La venganza de los nerds sí existe. Pero para saber acá cual es, hay que ver Malta Con Huevo hasta el final (superando sus flojos veinte minutos iniciales): Es casi en la última escena que uno descubre que sí se puede ser freak y tener un final feliz.

 

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